EL CRA QUE ESTIRÓ EL DÍA DEL LIBRO.


El CRA que estiró el Día del Libro

Había una vez un CRA muy especial, escondido entre almendros, caminos tranquilos, molinos y paisajes sacados de un cuento. 

En aquel CRA, el Día del Libro nunca cabía en un solo día. Era demasiado pequeño para tanta historia, tanta imaginación y tantas ganas de leer. Así que, un año, decidieron estirarlo... y estirarlo... y estiraaaaarloooooo.... hasta convertirlo en muchos días llenos de magia, con ayuda de guardianas de libros, narradoras, cuentacuentos e ilustradoras.

Y así comenzó aquella celebración en la que, cada día, se escuchaba una voz nueva y un cuento distinto, o se encontraba un dibujo que parecía moverse si lo mirabas el tiempo suficiente. 

Los libros también cambiaban de manos, y cada vez que lo hacían, estrenaban una vida nueva. Un libro que había sido leído en voz baja en una casa de Alatoz, ahora viajaba en una mochila de Carcelén. Y otro libro que había dormido durante largo tiempo en una estantería de Pozo Lorente, despertaba en manos de un lector con ganas de perderse en sus páginas.

Los libros eran felices. Y los niños y niñas, más. 

Dicen que cada localidad que formaba el CRA vivió su propia aventura, pero todas compartieron el mismo hechizo: cuando un libro se abre, el mundo se hace más grande. 

CAPÍTULO 1: Alatoz y las narradoras de cuentos

Próximamente, nuevos capítulos...




Final del cuento (que no es un final)

Y así fue como, en aquel CRA tan especial, el Día del Libro dejó de ser un día y se convirtió en una celebración que duró tanto como las ganas de leer.

Porque allí, entre almendros, caminos tranquilos y molinos, todos sabían un secreto muy importante:


Los libros no necesitan un día. Necesitan valientes que los lean, aventureros/as que los imaginen y soñadores/as capaces de saltar dentro de sus páginas sin miedo a perderse.










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